viernes, 20 de noviembre de 2009

El mercado del tenis amateur


Un mercado cotidiano interesante para analizar, con el que algunos aventureros lidiamos de vez en cuando, es el de alquiler de canchas de tenis.

Pensemos primero, que el tenis, a pesar de la masificación de los últimos tiempos, es un deporte considerado de “clase media, clase alta”. Esto se debe en mayor medida al valor de los instrumentos necesarios para su práctica, también a factores culturales y a la existencia de “bienes sustitutos” baratos. Como todo bien de lujo, su mercado es transparente, sin intervenciones, y se rige por el juego de la demanda y la oferta. Así los consumidores eligen cuánto de tenis “comprar” y los dueños de las canchas fijan un precio de acuerdo a esa demanda (además del número de canchas que instalar) que les permita obtener el máximo beneficio.

Esta interacción, por ejemplo, hizo que en los últimos años, el precio de equilibrio por hora de este servicio, corregido por la inflación, aumente fuertemente (300% en 6 años); es decir, subió su precio relativo. ¿A qué se debió esto? La oferta, inelástica por el alto costo de oportunidad de construir nuevas canchas y por el alto número de “stock” existente, se mantuvo (casi) fija. La demanda aumentó notoriamente por el cambio en los “gustos” de los consumidores, la masificación ya citada, debido a los logros de tenistas argentinos, el aumento en las horas de transmisiones en TV y la publicidad. Ambos efectos combinados derivaron en el aumento anunciado.

Al no ser un mercado perfectamente competitivo, sino algo parecido a un “oligopolio natural”, esta asignación de mercado (en el sentido de hacer consistentes las decisiones de consumidores y oferentes), dista de ser eficiente socialmente. En otras palabras, existen potenciales consumidores dispuestos a pagar un precio menor al de mercado, pero mayor al costo de ofrecer una cancha que esté vacía, que se quedan sin jugar. La cancha ya fue construida, existe, y el costo que requiere que esté disponible para alquilar es muy bajo, sólo el mantenimiento es relevante (de esa sobre todas las que hay en los complejos).

Sin embargo, de nuevo por ser un mercado sin trabas, parte de esta ineficiencia se ve erosionada por una discriminación de precios por parte de los oferentes aplicada en pos de mayor rentabilidad. Tarifas distintas según la hora del día, permiten que algún grupo, cuyo precio de reserva (lo máximo dispuesto a pagar) era inferior al precio de mercado sin esta distinción, acceda al bien.

Pero también hay canchas “públicas” dispuestas por el gobierno de la ciudad, y es aquí donde aparece una pequeña expresión de estado de bienestar. En estas, la calidad de las mismas es netamente inferior a las privadas, un mantenimiento mínimo es necesario y una tarifa baja que ayude a mantener el complejo estatal es requerida. Así, una gran parte de los que deseaban jugar pero a un precio menor que el de mercado, pueden también hacerlo aunque se trate de otro bien: alquiler de canchas de tenis de baja calidad, un sustituto cercano.

Esto, por más pequeño que sea, es una muestra de cómo la iniciativa privada puede convivir con lo público y juntos lograr una mejor asignación de los recursos. Los que más valoren jugar al tenis lo harán en canchas buenas y los que no les guste tanto lo harán en las públicas. Pero que haya iniciativa privada es la única manera de que existan canchas de buena calidad y los que estén suficientemente dispuestos las puedan disfrutar.

Una solución distinta, que desde este espacio rechazamos, sería que el Estado se apropie de los complejos privados, cobre el precio subsidiado en las canchas de buena calidad (que durarán poco tiempo en esta condición) y haya tenis para todos, matando no solo los incentivos a futuros emprendimientos y la existencia de un bien de calidad en este rubro, sino también en los demás, ¿les suena?

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